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a cuesta abajo las ganas de trotar, paró inmediatamente. El peón alzó la cabeza, y la placa dorada de su sombrero relució un instante.
--¿Tendrá usted la bondad de decirme si falta mucho para la casa del señor marqués de Ulloa?
--¿Para los Pazos de Ulloa?--contestó el peón repitiendo la pregunta.
--Eso es.
--Los Pazos de Ulloa están allí--murmuró extendiendo la mano para señalar a un punto en el horizonte.--Si la bestia anda bien, el camino que queda pronto se pasa.... Ahora tiene que seguir hasta aquel pinar ¿ve? y luego le cumple torcer a mano izquierda, y luego le cumple bajar a mano derecha por un atajito, hasta el crucero.... En el crucero ya no tiene pérdida, porque se ven los Pazos, una costrución muy grandísima....
--Pero..... ¿como cuánto faltará?--preguntó con inquietud el clérigo.
Meneó el peón la tostada cabeza.
--Un bocadito, un bocadito....
Y sin más explicaciones, emprendió otra vez su desmayada faena, manejando el azadón lo mismo que si pesase cuatro arrobas.
Se resignó el viajero a continuar ignorando las leguas de que se compone un bocadito, y taloneó al rocín. El pinar no estaba muy distante, y por el centro de su sombría masa serpeaba una trocha angostísima, en la cual se colaron montura y jinete. El sendero, sepultado en las oscuras profundidades del pinar, era casi impracticable; pero el jaco, que no desmentía las aptitudes especiales de la raza caballar gallega para andar por mal piso, avanzaba con suma precaución, cabizbajo, tanteando con el casco, para sortear cautelosamente las zanjas producidas por la llanta de los carros, los pedruscos, los troncos de pino cortados y atravesados donde hacían menos falta. Adelantaban poco a poco, y ya salían de l