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astimaban sobremanera, y al tocar los umbrales de la puerta me dijo:

--¡Qué maravillas vas a saber de mí!

Retirados a nuestro aposento, y yo más curioso que nunca, y temiendo el espíritu arriscado y de aventuras de mi amigo, me senté sobre el borde de la cama y esperé a que comenzase, como comenzó así su razonamiento:

--Ayer, al asomar la noche, recogía el fresco por el puente último que lleva el Avellano, y donde viene también a dar la senda que conduce a las espaldas de la Alhambra. Solitario el sitio, y la hora a propósito, me dejaba ir en alas de mis devaneos, cuando una voz cercana a mí en extremo, me sacó de mis ensueños, diciéndome: "¿Eres valiente? ¿Quieres hacer fortuna?..." Volví los ojos y me encontré a dos pasos con un soldado de más que alta estatura, con morrión de cresta, con gola y vestes azules, con el rostro no desagradable, pero pálido y ceniciento, y con la voz, si bien honda y tristísima, nada desapacible. Llevaba terciada la espada del hombro, y en la mano apoyaba la pica obscura, pero de hierro muy luciente.

Considerándolo un breve espacio, y porque no dudase de mi valor, le dije que estaba resuelto a todo, y ordenándome que le siguiese, fuíme en pos de él, ya casi perdido todo recelo por haberme largado la pica en que se apoyaba para que yo la condujese. El astil era tan pesado, que casi la llevaba arrastrando, y sin falta me prestaba la cualidad de invisible, puesto que encontrándome con varios conocidos y amigos que volvían de su paseo, ninguno hizo reparo en mi persona. Ya cercano al bosque, me dijo el soldado:

--Cuando lleguemos a las ruinas de los torreones (y cuenta con no equivocarte), haz lo contrario de lo que yo te mande.

Prometílo así, y emparejamos con el baluarte de la puerta de hierro, por donde se dice que B

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Novelas y cuentos, page 69
by S. Estébanez Calderón

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